Entrevista a Mónica Molina, presidenta Fundación Alto Rio – Concepción.


En el marco de la Campaña “Más Unidos, Menos Riesgo” Mónica Molina, sobreviviente del edificio Alto Río relata su historia y explica cómo resignificar la memoria. Su experiencia culminó con la creación de una fundación que en la actualidad ayuda a preparar a la ciudadanía para la gestión del riesgo de desastres. “Yo pensé que mi vida acababa esa noche, me di cuenta de que estaba preparada espiritual y emocionalmente para morir, pero tenía temor de la forma que iba a suceder, fueron momentos muy dramáticos para todos los que quedamos atrapados”, comenta Mónica recordando el terremoto del 27 de febrero de2010.


Luego del gran evento sísmico la comunidad de sobrevivientes de esa trágica madrugada, se organizó para resolver problemas urgentes, con el derrumbe de sus departamentos. Fue en ese proceso que se dieron cuenta de la poca capacidad de coordinación, gestión y de respuesta institucional frente a situaciones de desastres, lo que las motivó a continuar con la misión, como dice Mónica. “Tres sobrevivientes decidimos seguir adelante en base a nuestra experiencia, para hacer una contribución de la comunidad con el fin de que cuando ocurrieran situaciones de emergencia, otras comunidades no sufrieran tan dramáticamente como nosotros lo hicimos”.


Formando una cultura preventiva


“Más Unidos, Menos Riesgo”, campaña que anima Caritas Chile junto a diversas entidades de la sociedad civil que busca concientizar a las personas en la prevención, preparación y mitigación del riesgo de desastres producidos por fenómenos de origen natural. Entre ellos los terremotos, temática que justamente aborda la campaña durante el mes de agosto, y en la cual se enmarca esta entrevista a Mónica Molina.


Fundación Alto Río, surgió luego de que los sobrevivientes de la tragedia, junto con la colaboración de un grupo de arquitectos preocupados por lo ocurrido con el edificio, decidieron promover una cultura preventiva frente al riesgo de desastres, trabajando en tres ejes centrales: el registro, la educación y la memoria, como indica Mónica, “Nosotros trabajamos en el registro de lo que ocurrió el 27 de febrero de 2010, a través de fotografías, material de archivo y testimonios, para que no se olvide lo que vivimos y lo que ocurrió en ese edificio, porque esa experiencia tiene muchas aristas desde lo legal, lo arquitectónico y desde la experiencia humana”.


“Lo que más nos importa es poder capacitar a la comunidad en relación a los componentes del riesgo, porque entendemos que la amenaza que está en el territorio geográfico no la podemos cambiar, pero tenemos una tremenda oportunidad de trabajar en otras aristas del riesgo, como la vulnerabilidad, la exposición y el desarrollo de la resiliencia. La idea es sensibilizar a las personas, porque parece que ocurre un terremoto y hay que despreocuparse por 60 años, y no es así”. Por ello, otra línea de trabajo es la educación ciudadana con foco en la prevención, donde se han desarrollado una serie de acciones en formación y capacitación para la comunidad, para servicios públicos e incluso municipios, a través de talleres, seminarios y cursos nacionales e internacionales.


Además, enfatizó en la importancia de formar una cultura preventiva para que las comunidades estén preparadas para responder ante situaciones de desastres, pero, sobre todo, para fortalecer la resiliencia individual de cada persona. “No tenemos que estar viviendo circunstancias adversas para que nuestro elástico sea súper estirable, sino que a lo largo de toda nuestra vida tenemos que estar trabajando en lo personal, para hacer lo mejor que podamos hacer, a fin de que cuando nos toque vivir situaciones complejas nuestro elástico sea más flexible”, indica.


La memoria, un impulso para ayudar


La vida de Mónica cambió rotundamente después del incidente que vivió en 2010. Producto de lo sufrido, actualmente su trabajo está ligado a la gestión de riesgos de desastres desde la psicología, que es su profesión. “A pesar de lo doloroso que fue, de la rabia que experimenté, hoy, luego de más de 10 años, siento que fue un hito en mi vida que ha contribuido significativamente de manera positiva en mí, motivada por ayudar al prójimo”, manifestó.


Mónica cofiensa que el impulso para contribuir a la sociedad a través de la gestión de riesgos de desastres, vino gracias a que pudo resignificar la memoria de su experiencia, algo que consideró que en la cultura chilena no está muy arraigada, ya que tiende a evitar los recuerdos dolorosos como lo fue el terremoto de 2010. “Quienes somos sobrevivientes, procesamos nuestra memoria y fue una oportunidad de crecimiento, para resignificar el dolor y sacar lecciones que pueden aportar a más vidas, al barrio y al país.

Aprendizajes que pueden culminar en mejores leyes y normativas de viviendas y que pueden significar una mejor política para la gestión del riesgo de desastres”, concluye Mónica Molina, presidenta de Fundación Alto Río.